Inocencia y experiencia se aglutinan en tus pupilas.
En tus dedos largos, emociones serenas.
En el cuerpo espigado, tu ánimo infantil,
con el que derribaste, por un instante,
mi reducida concepción del mundo,
mi pobre percepción de lo que es derecho, izquierdo, bueno, malo.
Si estoy arriba, si estoy abajo, no importa más.
Ahí, embriagados en la ternura que derramas, dejamos de pensar.
Solo así, enredados, celebro tu fantástica flexibilidad.