viernes, 8 de julio de 2011

Almodóvar puso el dedo en la llaga.


 Recordé aquel capítulo 7,  donde toque tu boca, la dibuje, lo deshice todo y recomencé, hice nacer nuevamente la boca que deseo,  nos miramos como cíclopes, lucharon nuestras bocas, acaricie la profundidad de tu pelo, nos mordimos, nos ahogamos, absorbimos el aliento, y te sentí temblar, aunque no pudiera durar más que ese instante terriblemente dulce, en el que lo mejor sin lugar a dudas hubiera sido inclinarse apenas hacia fuera y dejarse ir, hasta que al fin, paf : se acabó.

Ahora contesta, ¿Quién es la fugitiva en esta búsqueda del tiempo perdido? No lo intentes, ni el mismo Proust dio una respuesta. 


Lo que sí puedo decir con absoluta certeza es que Almodóvar puso el dedo en la llaga, tendió sobre la mesa todo sobre mi madre, y haciendo caso omiso de mi carne trémula, me dijo: Hable con ella. Del fondo del closet saco mis tacones lejanos, pues lo sabe, algún día, he de volver.

Mis venas son un túnel oscuro y solitario donde circula toda la sensibilidad de María Iribarne,  mezclada con todas las psicopatías e inseguridades de Castel. 


Un compilado de películas de Allen, me regresan a mis miedos mas básicos, los infantiles, y me proporcionan mi dosis exacta de comedia de romántica.


Solo alguien como la hija de Coppola podría describirte esta escena en contemplación absoluta.

Quisiera poder dibujártelo, pues están todos aquí, en mi habitación, danzando armónicamente como en la composición número 8 de Kandisky o una seca pero emotiva y furiosa guitarra de Interpol.
  

No hay comentarios:

Publicar un comentario